Hay una frase que se repite mucho en la gestión cultural: «el teatro tiene que reinventarse«. Se dice en paneles, en dossieres de subvención, en entrevistas... Y sin embargo, la reinvención de verdad casi nunca ocurre en los sitios donde se habla de ella. Ocurre en una plaza de pueblo. Ocurre en una instalación de 15×15 metros donde 28 espectadores viven los testimonios de 28 supervivientes de violencia machista. Ocurre cuando alguien decide que el bertso y el reggaeton no son enemigos.
Las compañías asociadas a Eskena llevan años produciendo eso que los académicos llaman «innovación escénica» y que en la práctica significa algo más sencillo y más difícil a la vez: atreverse a contar de otra manera. Este reportaje es el primero de una serie. Una mirada atrás, de reconocimiento, a los proyectos que ya han visto la luz y que merecen ser nombrados. Proyectos que han innovado tecnológica, social y formalmente. Y que, en muchos casos, lo han hecho sin que nadie les pusiera una etiqueta de innovadores, simplemente porque estaban demasiado ocupados produciendo.
El escenario como termómetro social.

Antes de entrar en los proyectos concretos, vale la pena detenerse un momento en el contexto. Ocurre en un momento en que la escena vasca atraviesa una de sus etapas más interesantes y más tensas al mismo tiempo. En 2025 se programaron más de 4.600 funciones de teatro y circo en Euskadi, con un crecimiento sostenido y una oferta cada vez más orientada a nuevos públicos. La cifra es llamativa, pero lo que no dice esa estadística es qué hay detrás de cada función: qué riesgos se tomaron, qué formatos se rompieron.
La tecnología ha redefinido la experiencia escénica: proyecciones 3D, realidad aumentada, instalaciones multisensoriales. El arte se ha convertido también en una herramienta para visibilizar problemáticas sociales, desde la desigualdad hasta la migración, generando conciencia y diálogo. La pregunta ya no es si el teatro puede hablar de derechos humanos o de disidencia sexual o de violencia machista. La pregunta es cómo lo hace. Y ahí es donde algunas compañías marcan la diferencia.
1. Ados Teatroa: poner los derechos humanos en el centro.

Cuando Ados Teatroa fundó en 2016 la red Derechos Humanos a Escena, no estaba haciendo teatro político en el sentido antiguo del término. Estaba haciendo algo más difícil: utilizar la creación artística, en este caso escénica, audiovisual y plástica, como herramienta de transformación social, trabajando desde los bordes de la sociedad. La red, que incorporó a la cooperativa Bidebitarte en 2019 para reforzar la mediación cultural, lleva ya varios espectáculos estrenados que funcionan como una especie de hemeroteca viva del presente: Nadie está lejos (2023), Filmoteca Humana (2024), y el más reciente, 52 Hercios (2025), que actualmente está de gira. Cada producción nace de una investigación, de un proceso de trabajo con comunidades y colectivos reales.
Lo que hace importante este proyecto no es solo la temática, cualquier compañía puede decir que trabaja los derechos humanos, sino la metodología. La red funciona como un ecosistema: conecta artistas, mediadores culturales, entidades sociales y espacios de exhibición. Los talleres y los procesos participativos son parte integral del proyecto.
Más información Derechos Humanos a Escena.
2. Hortzmuga Teatroa: el espacio se convierte en experiencia.

Flores en el Asfalto / Memoria Eraikiz de Hortzmuga Teatroa es, técnicamente, una instalación artística multidisciplinar. Pero esa definición se queda corta. El espectáculo propone un viaje emocional para despertar los sentidos y agudizar la empatía con el objetivo de sensibilizar sobre la violencia machista como una responsabilidad de sociedad y de estado. Es una instalación donde la danza, el mundo sonoro y la iluminación invitan al público a vivir una experiencia transformadora: una vivencia teatral para espacios no convencionales sobre historias de vida de 28 mujeres sobrevivientes de diversas violencias machistas en distintos lugares del mundo. 28 vivencias en 7 relatos para 28 espectadoras y espectadores.
No hay butacas con distancia de seguridad. Hay un espacio de 15×15 metros en total oscuridad, un cuerpo que baila, una voz. La coreografía de Aiala Etxegarai junto al diseño sonoro de Ibon Aguirre y la dramaturgia de María Goiricelaya crean una arquitectura sensorial. La innovación aquí es múltiple. Está en el formato inmersivo, que en Euskadi no es tan común como se cree. Y está en la decisión de salir del teatro convencional para llevar el espectáculo a espacios no convencionales.
Más información Flores en el Asfalto.
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3. Pikor Teatro y Ellas Bailan Solas: la tragicomedia canalla en la calle.

Dos angelicales viejecitas a bordo de su silla de ruedas automática recorren atónitas las calles. Se han fugado de la residencia donde vivían. Los celadores las buscan pero ellas ya han tomado una decisión: se acabó lo de ser un trasto relegado a un rincón, aún les quedan muchos sueños por cumplir. La sinopsis podría parecer una comedia costumbrista. Pero no lo es. En las sociedades modernas los mayores han perdido su papel; ya no son productivos ni dinámicos y por tanto no cuentan, su voz ya no se escucha. El espectáculo quiere homenajear a todos ellos, dándoles voz y poniendo en la palestra las contradicciones de una sociedad que condena al ostracismo y al silencio a sus ancianos.
Las dos protagonistas, interpretadas por Leire Ucha y Miriam K. Martxante, son el vehículo de una reflexión sobre la dependencia, la autonomía y el abandono que resulta mucho más efectiva que cualquier denuncia solemne. El público ríe. Pero también reflexiona. ‘Ellas bailan solas’ es un espectaculo pionero porque lleva más de 25 años en cartel. Es un espectáculo que sirve de reflejo y que utiliza la participación del público (o del viandante) para crear la dramaturgia. No ha caducado porque la cuestión de cómo tratamos a nuestros mayores tampoco ha caducado. En un momento en que el debate sobre residencias, soledad no deseada y derechos de las personas mayores está más vivo que nunca, Ellas Bailan Solas sigue siendo incómodo.
Más información Ellas bailan solas
4. Blanca Arrieta y Siringe: el cuerpo como laboratorio.
Coreógrafa y bailarina de Vitoria-Gasteiz, nacida en 1970, formada en el London Contemporary Dance School/The Place, desde el año 2000 se dedica a la creación propia enfocada inicialmente en el movimiento. Eso son más de veinticinco años de trabajo ininterrumpido construyendo un lenguaje propio, pieza a pieza. Desde 1999 viene desarrollando un discurso propio asentado en la exploración de todas las posibilidades comunicativas del cuerpo para la construcción de un lenguaje. En 2006 funda la compañía Ciento Cincuenta Cuerdas. Su curiosidad por otros lenguajes y prácticas artísticas queda plasmada en sus creaciones, en las que el cuerpo, eje fundamental del trabajo, dialoga y se entrelaza con otros elementos compositivos. Sus obras son el resultado de una minuciosa investigación donde se juega con la percepción del tiempo tanto escénico como interpretativo. Profundiza en un lenguaje personal que nace del propio cuerpo, cuestionando sus límites.
Arrieta ha estrenado en el Museo Guggenheim Bilbao, ha participado en el programa Dantzan Bilaka del Gobierno Vasco, ha coreografiado proyectos de artistas visuales, ha colaborado con laboratorios de electroacústica. Es, en el sentido más estricto de la palabra, una investigadora.
Siringe (2021) es un trabajo de exploración en el diálogo entre la danza y la música. El proyecto reúne un equipo de artistas con diferentes experiencias y sensibilidades. El trabajo se centra en el estudio y la construcción de relaciones entre el cuerpo, el sonido y la voz en relación a un espacio. La pieza conecta con el mito de la ninfa Siringe, transformada en caña, en instrumento musical, por huir de Pan.
Más información Blanca Arrieta
5. Khea Ziater y Scrooge eta Mamuak: el cine entra en el teatro familiar.

Alex Gerediaga y Khea Ziater llevan años haciendo algo que tiene nombre propio: los films escénicos. Un formato que toma los códigos del cine; montaje, encuadre, banda sonora, narración visual, y los lleva al escenario, con actores en vivo. Importante: no es teatro con proyecciones. Scrooge y los Fantasmas es el primer film escénico infantil de la compañía. Una adaptación libre de la novela Cuento de Navidad de Charles Dickens, traída a nuestro tiempo y llevada a escena al estilo y forma de las creaciones de Khea Ziater, en las que los códigos cinematográficos y la escena se encuentran; yendo en este caso más allá, con una triple combinación entre actores, cine y muñecos.
La importancia de este proyecto no es solo artística: es estratégica. Khea Ziater había construido un lenguaje muy reconocible y muy valorado por un público adulto. El salto al teatro familiar con Scrooge es una expansión de ese lenguaje.
Más información Scrooge eta Mamuak.
6. Lanku: la bertsolaritza entra en el club.

Escrito en leetspeak, ese sistema de sustitución de letras por números nacido en la cultura hacker y gamer, 1TZ4L1 3T4 P1ZTU («Itzali eta piztu») anuncia antes de empezar que esto no es un bertso saio convencional. La propuesta tiene como punto de partida la colaboración entre la música electrónica en directo y la bertsolaritza improvisada. Dos disciplinas hasta ahora separadas que se piensan, corporeizan e interpretan de manera flexible y libre. Los bertsolariak deben improvisar sobre una base musical renovada y reelaborada: canciones y melodías de autores importantes de la música electrónica actual, llevadas a las medidas del bertso. Crean nuevos bertso-doinuak versionando canciones electrónicas: reggaeton, reggae, baladas, cumbia o pop convertidos en versos.
1TZ4L1 3T4 P1ZTU es una invitación a que jóvenes que nunca han estado en un bertso saio descubran que la improvisación oral en euskera puede convivir perfectamente con los sonidos que tienen en los auriculares. Y que no hay contradicción entre las dos cosas.
Más información 1TZ4L1 3T4 P1ZTU.
7. Elur Etxea y Eros eta Afroditaren Aitortzak: mucho más que un musical.

Las costumbres de nuestra sociedad cambian poco a poco. En lo que respecta a la sexualidad, cada vez más personas eligen vivir sus relaciones físico-emocionales más allá del modelo heterosexual monogámico. Y en esta comedia musical se habla de la diversidad sexual en profundidad y sin tabúes. El objetivo principal: conocer mejor la fotografía de la sociedad actual y reflexionar sobre nuestra propia sexualidad. La decisión de hacer una comedia musical en euskera sobre diversidad sexual ya es, en sí misma, una posición. Se abordan el impacto de las aplicaciones de ligar, el chemsex, el uso del PrEP y el aumento de infecciones de transmisión sexual. Y la pregunta que vertebra el proyecto: ¿es posible hablar de cosas serias y profundas de manera divertida, sin caer en el moralismo? La respuesta de Elur Etxea es que sí, y que de hecho esa es exactamente la estrategia más efectiva.
La banda sonora: diez canciones de pop breves, vivas y pegadizas, escritas específicamente para el musical. El espectáculo, estrenado en Zumaia en octubre de 2025, va dirigido a adultos a partir de 14 años y tiene actualmente varias fechas de gira. Hay muy pocos musicales en euskera que aborden la diversidad afectivo-sexual con esta valentía y esta ligereza al mismo tiempo.
Más información Eros eta Afroditaren Aitortzak
Este reportaje es el primero. Hay más compañías, más proyectos, más formatos que merecen su propio espacio. La danza física, el circo social, el teatro documental, los proyectos de accesibilidad escénica, las propuestas en el cruce entre arte digital y artes vivas: hay un territorio enorme por cartografiar.
